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Uno
de los más reconocidos poetas y cineastas cubanos cuenta cómo vivió el
día que las tropas revolucionarias entraron en La Habana en 1959.
Explica cómo funciona el sistema de salud en su país y lo compara con
el de la Argentina. Reflexiona también sobre la lucha armada como vía
para acceder al poder.
Víctor Casaus es
poeta, narrador, director cinematográfico y periodista, uno de los más
reconocidos de su Cuba natal. Ha publicado, entre otros, los poemarios
Todos los días del mundo (1967),
Entre nosotros (1978),
Los ojos sobre el pañuelo (Premio Latinoamericano de Poesía «Rubén Darío», 1982),
De un tiempo a esta parte (1985),
Maravilla del mundo (1989) y
Amar sin papeles
(1999). Licenciado en Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad
de la Habana, ha colaborado en las principales publicaciones
periodísticas nacionales y en publicaciones culturales como: Revista
Casa de las Américas, Cine Cubano, Unión, Revolución y Cultura entre
otras. Fue uno de los fundadores de “El Caimán Barbudo”.
Como realizador fílmico ha dirigido más de quince documentales, entre ellos los dedicados a
Miguel Hernández,
Vladimir Maiacosvki,
Violeta Parra y
Silvio Rodríguez.
Actualmente dirige el
Centro Pablo de la Torriente Brau
en La Habana, que ha promovido fructíferos intercambios culturales con
instituciones y artistas de varios países. Y como parte de algunos de
los programas que tiene este centro, Casaus estuvo en Santiago del
Estero.
LA COLUMNA aprovechó esta visita para dialogar con este ilustre representante de la cultura cubana.
LA COLUMNA: Para usted, como
escritor y hombre de la cultura, ¿cómo ha sido vivir bajo el régimen
cubano, teniendo en cuenta que muchos escritores se fueron de la isla
por razones políticas?
Casaus: Nunca ha sido
un problema hasta ese punto. Yo pertenezco a una generación poética que
es la de El Caimán Barbudo, una publicación que fundamos en 1966, en La
Habana, un grupo de poetas, dirigida por un narrador, que es Jesús
Díaz; y con ese grupo nos dimos a conocer como autores cuando teníamos
veinte y tantos años. Después, he incursionado en otros géneros. He
estado trabajando mucho en el testimonio, que es el otro género que me
ha azotado con más frecuencia. Y el otro oficio que he tenido es el del
cine, porque he sido realizador de documentales y de películas de
largometraje y también guionista de algunos films. La vida cultural
cubana no ha estado exenta de contradicciones y problemas a través de
los años, como suele ser toda experiencia humana. En particular, en la
década del setenta hubo un momento muy difícil de relación entre la
política cultural que se aplicó en ese momento y que no era exactamente
la que la Revolución había iniciado en los años sesenta, y eso produjo
una quiebra importante entre 1971 y 1976.
L.C.: ¿Qué actitud tomó ante esa situación?
Casaus: En ese momento, al igual que otros autores, yo
dejé de publicar. Es decir, no fui publicado de manera generosa como
generalmente eran y son las publicaciones en Cuba. Y pertenecí al grupo
de escritores que decidió permanecer en la isla, a partir del criterio
de que ese es un proyecto social justo, con bases absolutamente
importantes para nuestro país, en el cual no están exentas esas
contradicciones. La realidad no debe verse nunca en blanco y negro, sin
matices, por eso es que es que si yo dijera que la política cultural
cubana ha sido una panacea durante cuarenta años estaría mintiendo.
Hubo ese momento de quiebre en la que algunas figuras importantes y
otras emergentes de la literatura no tuvimos una participación como
debíamos haberla tenido.
L.C.: ¿Cómo finalizó ese proceso?
Casaus: Hubo ciertos sectores que después
desparecieron de la vida cultural e incluso desaparecieron del país,
que habían tratado de establecerse sobre la base de la aplicación de
una política cultural errónea, errática, queriendo imponer los cánones
del realismo socialista soviético. Eso encontró un rechazo muy grande
de la cultura cubana, porque yo pienso que la cultura cubana existe
antes de la Revolución con una fortaleza muy grande, que viene de la
época de la lucha por la independencia en el siglo XIX. Es un cuerpo
social de un vigor extraordinario capaz de resistir esos intentos de
embate que la desnaturalizaban. Eso no se concretó por el rechazo que
encontró en los propios autores y artistas. A partir del año 76, con la
creación del Ministerio de Cultura, estos temas empezaron a sanarse. La
mayoría de esos autores somos, hoy, los más reconocidos del país,
ganadores de los premios nacionales de literatura; yo mismo acabo de
recibir el premio de periodismo cultural. Es decir, ha habido una
recomposición sobre la base de la intensidad de la propia cultura
cubana que no acepta este tipo de camisas de fuerza que se tratan de
imponer.
L.C.: Está el caso del escritor
cubano Guillermo Cabrera Infante, que se fue de la isla y desde su
exilio se cansó de denostar al régimen castrista. ¿Qué opinión tiene de
él?
Casaus: Cada caso está dado por la propia personalidad
del autor. Cabrera Infante había sido director de Lunas de Revolución,
un semanario muy importante que irrumpió justamente en 1959, y después
estuvo como diplomático en Europa. De ahí regresó y cuando se fue
nuevamente decidió quedarse en Europa y no volver más a Cuba. Yo creo
que después él tuvo una relación muy contradictoria con Cuba, ya no con
el gobierno sino con el país, de amor y odio. Creo que muchas de sus
obras, aunque al final ya se le sintieron los años de distancia, son
obras enraizadas en lo cubano, en el lenguaje cubano, que él supo
mantener durante años aún viviendo en otras circunstancias geográficas
e históricas. Esto realmente es algo admirable y ha escrito novelas
hermosas. Pero no era una persona que aceptara cosas de Cuba sino que
tenía un rechazo visceral a todo lo que sonara a Cuba. Es
contradictorio ese amor por la cultura cubana y ese rechazo global por
nuestro país.
L.C.: ¿Qué recuerda del 1º de enero de 1959 cuando se produjo la Revolución?
Casaus: Yo era muy joven, casi niño, tenía 14 años. Mi
familia no fue una familia que participara en la lucha contra
(Fulgencio) Batista , como sucedió con muchas otras. Es decir, no era
una familia con proyección política. Eran personas que no estaban de
acuerdo con Batista, porque era un dictador que había sellado todas sus
relaciones con la gente a partir de un gobierno criminal.
Es decir, no se podía ser batisteano, pero tampoco era una familia
militante. Entonces, yo lo viví desde la ingenuidad de mis 14 años.
Pienso que tiene mucho que ver el origen social de cada cual. Yo
provengo de una familia muy humilde y eso determinó la manera en la
que, desde un principio, engarcé con el fenómeno de la revolución.
Habiéndose producido el triunfo del 59, inmediatamente participé en las
primeras cosas que aparecieron para toda la gente, para todos los
jóvenes. El origen de eso está en mi origen de clase, que se
emparentaba con una revolución que se proponía establecer niveles de
justicia e igualdad para todos.
L.C.: ¿Pero recuerda esa fecha como un día muy especial?
Casaus: Creo que hubo varios días de importancia
visual o fáctica. Porque el 1º de enero de 1959, que es el día que se
marca como el triunfo de la Revolución, en La Habana, todavía no había
sucedido la llegada de las tropas rebeldes, que recién llegaron el día
8. Yo recuerdo sí muy vivamente un acontecimiento que ahora se recuerda
todos los años con la nostalgia que eso supone-, que fue la entrada de
las tropas rebeldes a La Habana, que venían desde Santiago de Cuba
hacia Occidente, avanzando y ocupando las diferentes provincias. Ese
día fue un día de fiesta extraordinaria porque el gobierno de Batista
había dejado una situación insostenible para la vida de la gente, de
inseguridad, de crímenes, en fin era una situación límite. Y las
fuerzas rebeldes representaban la liberación de esa situación.
Entonces, yo recuerdo esa fiesta en La Habana; yo vivía en un barrio
modesto, un barrio obrero en su época, y recuerdo haber estado ahí con
mi familia, con mis padres y escuchar que esa caravana iba a pasar por
una avenida que quedaba bastante próxima a nosotros y haber ido
corriendo hasta ahí para ver cómo llegaba esa gente que venía de las
sierras. La imagen era la de esos luchadores victoriosos que bajaban de
las sierras habiendo derrocado a un tirano que no tenía ninguna
simpatía entre la gente.
L.C.: ¿Conoció personalmente a Fidel Castro?
Casaus: Sí, en reuniones pequeñas, sobre todo con los
escritores e intelectuales con quienes él ha tenido una relación muy
intensa, y muy útil tanto para él como para la cultura.
L.C.: ¿Quién es para usted Fidel Castro?
Casaus: Creo que es una de las mayores figuras del
siglo XX y, como todo hombre, no esta exento de errores o de decisiones
que en su momento pueden no haber sido justas. Pero yo creo que,
inclusive en estos momentos ya finales de su vida, ha dado muestras de
una gran capacidad de entrega a la idea en la que él creyó desde muy
joven. Y prácticamente si uno revisa la historia cubana desde la década
del cincuenta hasta hoy, esa historia pasa en gran medida por la vida
de este hombre. Pienso que esa capacidad de entrega a una idea
generalmente no es común entre los políticos del mundo. Había en Fidel
un hombre muy enfebrecido e identificado con los ideales de José Martí
, con esa idea humanista, liberadora de la gente, buscadora de la
justicia… pienso que fue un heredero importante de aquel pensamiento de
Martí y lo implementó de una manera que yo admiro mucho, que fue una
manera creadora de enfrentar esa realidad política y de tratar de
transformarla, que era su objetivo revolucionario. Y de ahí este
intento, que en este caso fue un triunfo, de la lucha armada para
acceder al poder y transformar la sociedad. Que fue un momento creador
porque si no se hubiera producido esa búsqueda de los caminos políticos
a través de la lucha armada, yo creo que la realidad de Cuba en los
años siguientes no habría cambiado. Yo creo que lo que ha potenciado la
vida cubana, que es muy distinta a la del resto continente, es
precisamente la concreción de una transformación tan importante como la
Revolución
L.C.: En cuanto a la lucha armada para la toma del poder, en Argentina ha habido un proceso crítico.
Casaus: Yo estoy convencido que, en la actualidad, esa
vía no es factible en la mayoría de nuestros países, porque el
continente ha tomado otro rumbo. Para que una lucha de este tipo pueda
emprenderse tiene que haber una factibilidad política; es un acto
demasiado romántico, yo creo que siempre fue romántico, también cuando
se hizo en Cuba, pero tendría que tener una base de sustento.
Esto, para mi, no niega sino que, por el contrario, reafirma la
intención, la voluntad, la entrega, la pasión con que aquella gente de
los años setenta intentó en Argentina esos cambios. Ahí yo creo que si
hay elementos y valores rescatables. Hoy, probablemente, no sea ese el
método de lucha más aconsejable, pero creo que en aquella gente existen
valores que son totalmente aplicables en la sociedad en que vivimos.
L.C: Alguien dijo de usted: Vive imaginando e impulsando proyectos culturales. ¿Concuerda con esta afirmación?
Casaus: Es una especie de defecto que comparto con
otros amigos. Pienso que en mi caso fue algo muy temprano. Siempre tuve
ese espíritu no solamente de hacer la obra personal, sino también una
especie de necesidad, de pasión, de ser también un divulgador de lo que
hacen los demás. El primer concierto público de Silvio Rodríguez por
ejemplo, que es nuestro compañero de generación, lo organicé yo desde
El Caimán Barbudo. Y junto con los poetas en Cuba hicimos muchas
actividades de este tipo, de llevar nuestros poemas leídos a una
escuela, a un parque, a un sitio público. Y hoy el centro ha permitido
hacer eso de una manera sostenida y organizada.
L.C.: ¿Ese vendría a ser el objetivo del Centro Cultural Pablo de la Tor riente Brau?
Casaus: El objetivo es crear nuevos espacios de
difusión y debates inspirados en este hombre que le da título al
centro. Pablo de la Torriente Brau fue un periodista y escritor del
siglo XX, que murió muy joven en la Guerra Civil española habiendo ido
ahí como corresponsal de guerra. Fue una figura muy querida, con un
carisma extraordinario. El centro tomó su nombre porque soy un gran
admirador, como mucha gente en Cuba, de su obra. Entonces, trabajamos
con el legado de este hombre, que es muy actual por otra parte, porque
fue un tipo antidogmático, revolucionario, que trató de hacer la
revolución con un sentido creador.
Eso para mí fue muy importante, encontrar a alguien que hiciera la
revolución no desde los esquemas y los dogmas sino desde la
imaginación. Y esa es una de las claves de nuestro centro: la
imaginación.
La salud en Cuba

L.C.: En estos días en que la
Argentina sufre la epidemia de la gripe A, y anteriormente la del
dengue, muchos especialistas han comparado nuestro sistema de salud con
el de Cuba. ¿Qué podría decir al respecto?
Casaus: En Cuba hay una estructura social creada que
ya tiene muchos años que son los años que tiene la revolución- que le
dan a estos trabajos como el de la salud, una infraestructura a través
de organizaciones como las de las mujeres, de los jóvenes, del Comité
de Defensa de la Producción, que es difícil encontrarla en otros
países. Eso es lo que produce algo distinto a lo que vimos aquí, que es
la dificultad para unificar un criterio que ayude una situación como
ésta y que ayude a combatir la pandemia. Es decir, eso en Cuba, con los
huracanes y los ciclones no sucede, pues hay una estructura ya creada
de defensa civil y social en la que participa la gente, dentro de las
estructuras que tiene establecida el Estado y la sociedad. Esa diferencia es muy grande. Uno de los
problemas que ha ocurrido aquí es que hay una enorme cantidad de
información pero no es una información dirigida a un objetivo claro,
pues entonces a veces es más una confusión que una información.
La educación en Cuba: ¿Mito o realidad?
L.C.: Siempre se exalta al
sistema educativo cubano. Usted que ha recorrido muchos países y ha
podido comparar realidades, ¿es mito o realidad la supuesta excelencia
de la educación en su país?
Casaus: Yo creo que es una realidad y es uno de los
orgullos que casi todo cubano tiene independientemente de su filiación
política. Hay una especie de orgullo íntimo de que un país pequeño con
tantas dificultades
económicas tenga estos niveles en cosas tan esenciales para la vida
como la salud y la educación. Yo veo realidades en otros países, caso
de España por ejemplo, que han alcanzado esos niveles pero de otra
forma, porque son sociedades desarrolladas. Lo hermoso, y me parece de
una importancia muy grande para los latinoamericanos, es que un país
pequeño, redistribuyendo mejor la riqueza, como es el caso de Cuba, haya
dado posibilidades que estos sectores como el de la salud y la
educación sean óptimos. Y que incluso se haya prestado ayuda a
estudiantes de bajos ingresos de otros países para que estudien en
nuestro país.
FUENTE: LA COLUMNA