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María Ofelia Santucho: La revolución en las venas
Enviado por dianafurlani on Tuesday, 11 August a las 13:52:26
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Hija de Oscar Asdrúbal, fundador del PRT-ERP y hermano del líder guerrillero, fue secuestrada a los 15 años por el Ejército junto a su madre, hermanas y primas y llevadas a Campo de Mayo. Rescatada por la organización, vivió asilada un año junto a su familia en la embajada cubana, hasta que Videla la dejó salir hacia la isla, donde actualmente reside.
De visita en Córdoba, habló con Veintitrés.

A pesar del tremendo golpe que significó la muerte de su padre en una emboscada en el monte tucumano en octubre del ’75,  María Ofelia no se amilanó. Había mamado de él su amor por la causa  revolucionaria, y el mejor homenaje que podía hacerle a su papá guerrillero era seguir militando en la Juventud Guevarista, la organización juvenil-universitaria del PRT-ERP.

Con quince años cumplidos en abril, su ámbito de trabajo eran los partidos de Morón y Moreno, donde la organización guerrillera había trasladado su cuartel central. El impresionante desarrollo de su frente fabril en Villa Constitución llevó al Buró Político a instalarse, a fines del ’74, en el norte del Gran Buenos Aires.

El Ejército lo sabía. Desde  hacía un año había empezado su trabajo de infiltración en las organizaciones  político-militares, y desde octubre tenía luz verde para “aniquilar la subversión”. Los decretos firmados por Italo Luder a cargo de la presidencia en  reemplazo de Isabel Perón, habían abierto de par en par las puertas de la  represión ilegal, y el Ejército desplegó toda su maquinaria de terror a lo  largo y ancho del país.
Mario Roberto Santucho, máximo líder del PRT-ERP, era la obsesión. El  “enemigo público número uno”.


Con el objetivo de cazarlo, los grupos de tareas del Ejército comandado por  Videla jugaron su carta más sucia: a las cinco de la tarde del 9 de diciembre, mientras sus hermanas y primas correteaban junto a otros chicos de la  cuadra en el jardín de la casa, un grupo de ocho personas vestidas de civil  irrumpió con violencia por puertas y ventanas en la vivienda de avenida  Palacios 3323, del partido de Morón.
“Entre gritos e insultos buscaban armas, materiales y nos pedían que nos identificáramos. Con ametralladoras y otras armas largas, amenazaron con  matar a Mario Antonio, el hijito de Roby, de diez meses. Aterradas, con mi  mamá dimos nuestros nombres falsos, porque hacía un año que vivíamos  como la ‘familia Gómez’. Pero no nos creían.

Después de revolver todo, uno de los hombres me pidió que caminara de un  extremo al otro de la cocina, y dijo: ‘No busquen más, estos son los hijos de  Santucho’.” El relato pertenece a María Ofelia, quien junto a su madre, sus  tres hermanas, los cuatro hijos de Roby y uno de Elías Abdón, miembro del  PRT-ERP que también vivía en la casa y había sido secuestrado dos días antes, fueron sacados a la vista de todo el barrio, introducidos en cinco o  seis Ford Falcon, y llevados a Campo de Mayo para ser interrogados.
“Cuando los tipos dijeron a dónde nos llevaban, creí que nos mataban”, dice  a Veintitrés la hija mayor de Oscar Asdrúbal Santucho, de visita en Córdoba. En el poco rato que le deja la gira cultural que junto a su esposo, el periodista y cineasta Víctor Casaus, y otros artistas cubanos realizan por distintas  provincias argentinas, María se detiene para contarnos momentos de una  historia apasionante, vivida en medio de la violencia política, el drama  familiar y el terrorismo de Estado.
Símbolo. Roberto Santucho, emblema de una agrupaciónSímbolo. Roberto Santucho, emblema de una agrupación

Mi papá guerrillero.

“Todo comenzó en 1970, cuando mi papá se fue a vivir a Tucumán”, dispara María Ofelia, nacida en Santiago del Estero al igual que toda la familia  Santucho. En julio de ese año,tres meses después de que ella cumpliera diez años  el Partido Revolucionario de los Trabajadores, que su padre y su tío Roby habían fundado el 25 de mayo de 1965, decidió crear el Ejército Revolucionario del Pueblo. La decisión de fundar el brazo armado de la  organización política obligó a los hermanos Santucho a pasar a la clandestinidad, sobre todo después de la fuga de Roby el 9 de julio del penal de Villa Urquiza, en Tucumán. Perseguidos por la dictadura de Levingston, la policía y Ejército tenían vigilada a toda la familia. “Mis hermanas y yo sabíamos, a grandes rasgos, la  militancia de mi padre. Él nos hablaba mucho, nos decía que peleaba por una patria más justa, y que por eso tenía que viajar tanto. Mi mamá no estaba de  acuerdo, creo que muchas de las diferencias que ellos tuvieron fue a partir de la política”, recuerda María Ofelia, casi cuarenta años después. “Como  sabía que lo estaban buscando y no quería que nos pasara nada, nos daba  recomendaciones de seguridad para protegernos. No podíamos comentar  nada en la escuela ni con nuestros amiguitos de lo que él hacía. Pero un día,  no me olvido, el Ejército desplegó un gran operativo en el barrio buscando a  mi padre.
Hizo un rastrillaje casa por casa, pero él ya no estaba.”
Esta nueva situación, diferente a sus primeros años de militancia en el PRT,  llevó a Asdrúbal a compartir cada vez menos tiempo con su familia,  compuesta de su mujer Ofelia, y las cuatro niñas: María Ofelia, María Susana,  María Silvia y María Emilia. El crecimiento de la organización guerrillera,  que durante el ’71, ’72, ’73 y ’74 se expandió con fuerza en Córdoba,  Tucumán, Rosario, Buenos Aires y La Plata, y las cada vez más  responsabilidades de Asdrúbal en el PRT-ERP, obligaron a los Santucho a  mudarse a una casa de Morón. “Pero mi mamá no estaba feliz, y se volvió a  Santiago a principios del ’75, dejándonos una carta. Cuando llegó allá, la  policía la detuvo para atrapar a mi papá. Al cabo de un tiempo la soltaron y  se volvió con nosotras y mi viejo a Morón, donde yo ya había empezado, con catorce años, a militar en la Juventud Guevarista.”

 Cartas al monte.

Dos días después de que el ERP atacara exitosamente el cuartel Fray Luis Beltrán, en Santa Fe, María Ofelia cumplió quince años. “Ese día, en la casa de Morón, fue la última vez que se reunió la familia Santucho completa. Ahí  estuvieron mi viejo, Roby, René, Amílcar, todos.” La cumpleañera lo cuenta, una profunda emoción embarga su rostro. “Después, en mayo, mi viejo subió al monte para hacerse cargo del área de comunicaciones.” Cuando Asdrúbal llegó a la selva del Aconquija, el Ejército hacía tres meses que operaba ilegalmente contra las fuerzas guerrilleras. Por presión de los  militares y de López Rega, el 5 de febrero del ’75 Isabel Perón había firmado  el decreto secreto 261, que autorizaba a las Fuerzas Armadas a entrar en  operaciones en la provincia de Tucumán con el fin de “aniquilar a la  guerrilla”. Ahí empezaron los secuestros, las torturas y las desapariciones  que ocho meses después se expandirían por todo el territorio nacional. “Yo, para ese entonces, había empezado a prepararme para ir a la Compañía  de Monte Ramón Rosa Jiménez. Para subir allá había todo un entrenamiento, que estaba haciendo con Liliana Delfino, la mujer de Roby. Mientras tanto,  me comunicaba con mi papá por carta. Había aprendido a escribir con letra minúscula, porque las cartas no podían ocupar mucho lugar y peso. Así nos  mantuvimos en contacto hasta que él bajó por última vez, en agosto. Cuando lo ví casi me muero, estaba hiperflaco, todo desgarbado, y muy bronceado,  la cara toda ajada por el sol”, dice María, que ya se había comprado “las  zapatillas para subir al monte”. Aunque para agosto la represión militar  había producido cientos de secuestros y desapariciones entre la población urbana y rural de Tucumán, la base de apoyo de la guerrilla, Asdrúbal le  habló a su hija de “zonas liberadas” a punto de ser controladas por el ERP. Dos meses después, en octubre, cuando bajó junto a Manuel Negrín, otro  cuadro del ERP, a hacer un reconocimiento, los soldados lo estaban  esperando. “Era de madrugada, cuatro y media, cinco de la mañana.
Apenas mi papá y Negrín hicieron palmas para llamar a los dueños de casa,  distintas ráfagas de ametralladoras los acribillaron a los dos. Los milicos los  subieron a un camión del Ejército, los taparon con una bolsa, y se los  llevaron ante la vista de los campesinos. Roby, que estaba en el monte, se enteró en el acto por sus contactos. Desesperado, preguntó a unos  campesinos cómo estaban vestidos los muertos, y la gente le confirmó que si bien ambos estaban muy destrozados, pudieron divisar que se trataba de un hombre de pelo blanco, de ojos verdes, vestido con una camisa a cuadros y  un pantalón marrón, la misma ropa con la que había salido mi papá. Fue un  golpe durísimo para Roby, que en noviembre bajó del monte y se volvió a  Buenos Aires. Mi papá era su hermano más cercano.”

 La casa de Monte Chingolo.
Roby. Santucho con su familia en un antiguo retratoRoby. Santucho con su familia en un antiguo retrato

“En Morón vivíamos yo, mi mamá, mis tres hermanas y Elías Abdón junto a  su hijo de cuatro años. A este compañero le decían el Turco Martín, y militaba en el área de logística del ERP. Era una casa operativa, utilizada  durante todo el año ’75 para hacer reuniones. Yo me acuerdo de cinco o seis en las que estuvo Roby, y si estaba él, era porque se planificaban acciones importantes.” Si bien María no lo sabía, porque tenía órdenes de no  preguntar nada para protegerse en una eventual caída, desde principios de año el ERP había empezado a organizar un megaoperativo guerrillero, en el cual Abdón tenía una función clave. Esa importante acción, que muchas  veces se discutió en su casa sin saberlo, era el ataque al Batallón de Arsenales “Domingo Viejobueno”, próximo a la localidad bonaerense de  Monte Chingolo, pensada para fines de diciembre.
Aunque los Santucho eran para todo el mundo la familia “Gómez”, y todos  los días salían con el delantal para ir a la escuela, en realidad era toda una  fachada para despistar a sus enemigos. “Salíamos con el uniforme para la casa de mis abuelos Manuela y Francisco, que también vivían clandestinos  en Morón, y después de unas horas regresábamos a nuestra casa, simulando  venir de la escuela.
Durante todo ese año nunca asistimos a clase. Aprendíamos leyendo, porque mi papá siempre nos hizo leer mucho.” A principios de diciembre, cuando  supuestamente terminaron las “clases”, Roby llevó a sus hijas Ana Cristina,  de 14 años; Marcela Eva, de 13; Gabriela Inés, de 12, y Mario Antonio, de diez meses, a pasar unos días junto a sus primas.
El 7 de diciembre, luego de analizar decenas de informes de inteligencia que  un infiltrado en la logística del ERP le pasaba al Batallón de Inteligencia 601  del Ejército, una patota capturó en una casona de Wilde al “Comandante Pedro”, jefe del ataque a Monte Chingolo, al “Turco Martín” y a otras doce personas ligadas al aparato de logística del ERP. Dos días después, otra  patota ingresó a la casa de los Gómez y se llevó a mamá Ofelia y los nueve  niños al campo de concentración que funcionaba en Campo de Mayo bajo las órdenes del temible general Santiago Omar Riveros, jefe de Institutos  Militares desde agosto del ’75 hasta enero del ’79. La tarea que el “Oso”  Ranier, el agente que el Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE) había infiltrado en el ERP meses atrás, había sido un éxito rotundo.

Final de película.

Según fuentes militares, el secuestro de los Santucho se hizo para provocar a Roby y detectar así sus movimientos. Lo cierto es que cuando llegaron a  Campo de Mayo, su cuñada y los niños fueron encapuchados y amenazados.  Recuerdo gritos de personas que parecían ser golpeadas, ladridos de perros y portazos de autos que entraban y salían en medio de la noche.
Al cabo de unas horas, me llevaron hasta otra habitación, con alfombra roja  y me interrogó uno al que le decían ‘Mayor’. Este sujeto me preguntó por mi  tío y otras personas de la organización, y todo el tiempo me quería hacer creer que ellos sabían que nosotros sabíamos cosas de mi tío y de otros militantes. Yo lo negaba. Me sacaban y me volvían a entrar.
Cuando me devolvieron a donde estaban mis hermanas y primas, escuché que las humillaban y las amenazaban sexualmente”, dice María Ofelia. Al día  siguiente trasladaron a todos los menores a la comisaría de Quilmes, menos a su madre.
Los bajaron al “Pozo de Quilmes”, que funcionaba en el sótano de la  comisaría, con varias celdas. Esa noche llegó el Mayor de Campo de Mayo, quien se identificó como “Peirano”, pero cuyo verdadero nombre y cargo  era coronel Carlos Españadero. Aunque María no lo sabía, este militar era el  nexo entre el coronel Antonio Valín, jefe del SIE, y el “Oso” Ranier. “A los dos días Peirano trajo a mi madre, que había estado en contacto con  otras compañeras del PRT-ERP, entre ellas la mujer de mi primo, que está  desaparecida. Peirano nos llevó a un hotel en Flores, y se mantuvo en  contacto permanente. Al día siguiente se fue con mi mamá y una de mis  hermanas a nuestra casa de Morón. En ese ínterin, apareció un grupo del PRT-ERP comandado por Eduardo  Merbilhaá, un alto jefe de la organización para llevarnos a la Embajada de Cuba. Como mi madre no regresaba, ellos decidieron partir por temor a que  fracasara la operación. Yo les dije que la esperaba. Cuando llegó,  acompañada de Peirano, este preguntó por los chicos.
‘Están jugando en la plaza’, le contesté.
Él me creyó, y pasó a explicarnos su plan: ‘Tengo un amigo millonario en  Estados Unidos que les va a conseguir identidad falsa para que vivan  tranquilas allá. Yo me voy a hacer cargo de todo, mañana comienzo los trámites del pasaporte’. Cuando se fueron, mi madre, mi hermana y yo nos  subimos a un taxi y llegamos a la embajada, donde estaban esperándonos el  resto de mi familia.” Hasta el día de hoy circulan versiones sobre el secuestro de los Santucho y  su posterior liberación.
Algunos dicen que Videla no se animó a matarlos, porque el caso hubiera sido un escándalo internacional, en el marco de un gobierno democrático. Que inauguró el terrorismo de Estado secuestrando y asesinando en silencio, pero democrático al fin.
Otros dicen que Valín recibió la propuesta de Peirano de entregarlos a  Santucho, y que el jefe del 601 subió el pedido vía escala jerárquica al Estado Mayor. Como a la semana no había obtenido respuesta, Valín le dijo a  Peirano: “Agarre el coche y saque a esos pibes, si no, los van a matar, no hay contestaciones del Estado Mayor”. Ofelia, la mamá de María, lo atribuye a  que el ERP le envió un comunicado al Ejército alertándolo de graves  represalias si algo le pasaba a un familiar de Santucho, y que por eso los  soltaron.
Una vez en la embajada, al hijito de Roby y al de Abdón se los llevó una de las hermanas de éste. El resto solicitó asilo político, que fue concedido  inmediatamente. María recuerda los hechos como si los estuviera  reviviendo.
“Solicitamos permiso para salir del país, pero el gobierno de Isabel se negó  por presión de los militares, que ya controlaban la situación.
Después vino el golpe del 24 de marzo, y la dictadura de Videla volvió a  denegarnos la visa, secuestrando como represalia a dos empleados de la  embajada que están desaparecidos.
Ahí, encerrados en Buenos Aires, tuvimos que enteramos de la muerte de  Roby en julio del ’76. Una noticia durísima, terrible.
Recién un año y una semana después, en diciembre de ese año, el gobierno  militar nos concedió los salvoconductos que nos permitieron salir de la  Argentina y llegar a Cuba, país que nos acogió con gran amabilidad, y en el cual pude rehacer mi vida y ser feliz, a pesar de todo.”

mariavictorArgentina-cubana, como el Che

 A diferencia de sus hermanas y  sus primas, María Ofelia  Santucho se radicó en Cuba, donde la recibieron como la  hija del Che Guevara. “Nada que ver cuando volví a la  Argentina en 1986 y me llevé  una desilusión enorme al ver  que aquí estaban con la Teoría  de los dos Demonios. Por  suerte con el gobierno de  Kirchner los argentinos hemos  empezado a colocar cada cosa  en su justo lugar, y a juzgar a  los genocidas.”
En la tierra que enamoró al  Che, María se licenció en  Historia del Arte en la  Universidad de La Habana,  realizando trabajos de  investigación cinematográfica  sobre el cine cubano y argentino.
Fue en ése ámbito donde conoció a Víctor Casaus, poeta, cineasta, narrador  y periodista cubano, con quien se casó y tuvo dos hijas. Con Casaus y dos  trovadores caribeños, el grupo está de gira por distintas provincias  presentando el espectáculo “Nuestra voz para vos 2009”, en el cual  muestran su poesía, sus publicaciones, su arte digital y su trova. Además, María y Víctor son fundadores del Centro Cultural Pablo de la  Torrente Brau, una institución cultural independiente en el cual confluyen  debates sobre la memoria, la historia oral, el arte digital, la nueva trova  cubana y el diseño gráfico. “Con Víctor tratamos de venir a la Argentina por  lo menos una vez al año a presentar nuestro arte y a visitar a mis primos, que como los Santucho fueron muy perseguidos y castigados por la dictadura”.

Veintitrés|30 de julio de 2009
 
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